ME ANULAS

-Voy a ir. Me da igual lo que digas. ¡Que sí, que me abro! Porque, aunque a ti no te mole, siempre es la hostia encontrarse con toda la vasca. Nos tomamos unas birras, cantamos un poco de rock and roll… incluso nos podemos fumar unos trócolos para pasar mejor la priva. Igual me acerco al nuevo chabolo del Mustio para que me venda unos talegos. ¿Seguirá pasando?

-Pero Ma… – éste, inquisitivo, la corta abruptamente.

-Es que tronca, me anulas. No me dejas desarrollar como persona, tía. Vivo en una opresión constante, entre tú y el sistema… Que no soy un número joder, que soy un ser vivo.

-Mariano, por favor.

-O me aceptas tal y como soy o me doy el piro. Son lentejas colega, si quieres las comes y si no… ya sabes. Porque un día cojo la burra y… -la que le interrumpe ahora es ella.

-Mariano. No te sabes ni freír un huevo. Y, con esa Vespino, hasta te cuesta llegar al huerto. No digas gilipolleces, que tienes 67 años. Desde que te jubilaste, no hay quien te aguante. Tómate el sintrom o acabas en la residencia, como Paco el Mustio. Y, cuando te pires a privar birras con tu vasca –le dice con particular retintín-, compra fabiola y riche a la vuelta.

-Vale, cariño. Pero, ¿me das dinero?

LAS ROCAS

Era ya tarde cuando Fermín atravesó la línea del frente. Era luna nueva y la luz de las estrellas no daba para mucho. De las hogueras sólo quedaban rescoldos y algún hilo de humo tardío, que bien podría confundirse con el de un cigarrillo. Entre los matorrales que sirven de cobijo en esta tierra de conejos, escondido como un aterrorizado gazapo, escuchó pasar a lo lejos uno de esos camiones de paseo. Aunque ya estaba dentro, en las guerras no hay normas. Y menos en este absurdo amanecer de los muertos.

Se había enrolado en Madrid; había luchado en el Levante, en los montes extremeños, en Teruel y, ahora, trataba de refugiarse en Cataluña tras no poder entrar en la capital de España. Como durante un breve periodo de tiempo fue responsable de comandar a aquella brigada del trincherazo y la verónica, la 96 brigada mixta, había pasado de ser un zapatero remendón con alma de maletilla allá en el campo charro a un peligroso comunista con nombre y apellidos. A veces se meten los pies en el barro y, en lugar de sacarlos, lo que se hace es huir a trompicones hacia adelante.

Las magulladuras de su endurecida piel conjugaban a la perfección con los jirones de su uniforme. Aunque lo que realmente tenía roto era ese órgano que bombea la sangre por las autopistas del cuerpo humano. De poco le servía tenerlo rojo y a la izquierda. De poco o de nada. Menos cuando su otra mitad, “su costilla”, que decían en ese tiempo, pasaba las noches en vela descosiendo los retazos de su alma en un pueblo de interior de los que nunca nadie quiere acordarse.

Los días eran ciénagas de inalcanzables fronteras e incierta profundidad; los atardeceres se perdían en el recuerdo que lo trasladaba a la ribera del río, donde los peces más juguetones saltaban de un lado a otro mientras el vello de sus brazos se erizaba cuando el reverso de la mano derecha de Remedios pintaba su cara con deseos. Allí donde las rocas rugosas escondían radiantes y divertidos mensajes que ella cincelaba con la herramienta de Fermín –“Reme, sabes que esto lo puede leer alguien, ¿verdad?”- y a través de los cuales se prometían que, “pasara lo que pasara”, la vida era demasiado corta como para vivirla separados. Volver a sentir todo eso un instante, sólo un segundo más; tener esa sensación de placer fugaz, como cuando te rozan repentinamente las yemas de los dedos.

Y, sin embargo, la adrenalina no se soltaba en un beso prohibido a la luz del candil, sino en campos interminables buscando refugio para sortear las balas. Así transcurrieron otros 500 días que se sumaron a la colección de momentos aferrados a la pena. La pena por lo que fue, la pena por lo que no estaba siendo, la pena por lo que no será. Tiempo después, un muchacho andaluz escribiría aquello de que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Fue Fermín quien le dejó sobre la mesa las letras para fabricar esos versos.

Cuando llegó a Cataluña, se enteró de que los vencedores habían tomado Barcelona sin mucha resistencia. Una ciudad ya cansada por las absurdas luchas entre facciones y corrientes de un mismo bando, en un delirio ideológico tan infantil como destructivo. Es por ello que, siguiendo los pasos de quien iba haciendo camino al andar, entró en una Francia agonizante, de un gris ceniza difícil de respirar.

Cuando parecía que había sorteado la jauría que lo perseguía, se dio de bruces con una manada de lobos. Y, al igual que el tándem que una tarde de 1914 formaron en Aguascalientes Zapata y Pancho Villa, Fermín se alió con su pundonor y prefirió morir de pie que vivir de rodillas. Logró alcanzar el frente occidental, pero no llegó a conocer las Ardenas porque el ejército alemán lo metió en uno de esos agujeros oscuros en los que sólo libera el llanto. El joven charro fue ocupando listas negras como el alma de quien las escribía. Y, aunque no habían conseguido acabar con su vida, a punto estuvo de dejarse morir de angustia.

Cuando ya había vaciado sus lagrimales, unos toscos señores de habla extraña lo sacaron en volandas. Lo soltaron en medio de las ruinas, imágenes que también se repetían en su interior. Volvió a Francia entre la mercancía del tren de la libertad. Remedios, Remedios. Ocho años después, ya sin la única foto que hubo desgastado amaneceres atrás, pero con su imagen tatuada en su cerebro.

Cuando bajó los brazos del todo fue cuando conoció a un grupo de compatriotas exiliados que hablaban en una cantina de Biarritz sobre la liga del Barcelona, la consagración de Manolete y del recién aprobado Fuero de los Españoles. “Si vuelves, te van a matar”. “A lo mejor ya he muerto”.

Las primeras cartas no tuvieron respuesta, porque las escribía desde lugares de paso. Pero, cuando volvió a arreglar zapatos en un sitio fijo, allá en la Roma francesa pero de cierto aire español, tampoco pudo saber nada de quien había sido su ladrona de pensamientos durante gran parte de su vida.

Cuentan que Fermín llevaba la sonrisa de Remedios en el lóbulo cerebral que controla las emociones; que se casó triste, se divorció aún más triste y que, como le habían robado la patria y al amor de su vida, que en realidad son la misma cosa, caminaba siempre mirando al suelo y con las manos entrelazadas sobre la parte inferior de su espalda.

Lo que no sabía Fermín es que, uno de esos escuadrones que sembraba pánico y recolectaba venganza, una tarde de 1939 se acordó -mira por dónde- del pueblo de Remedios; que fue a su casa de madrugada; que le mandó subirse al camión por estar relacionada con un traidor… pero que nunca la encontraron, porque el nuevo alcalde del recién nacido Estado, un hombre de buen corazón y asentada cabeza, le había alertado.

Tampoco sabía Fermín que Remedios escribía sus sueños cada mañana y que, en ese diario, sólo se leía su nombre. Que aunque la incertidumbre y la desolación se servían cada mediodía en su mesa, no se había cansado de esperar y esperar. Que a veces se le encogía el pecho, que otras su estómago se anudaba en dos lazadas y que, cuando no lloraba, suspiraba tan fuerte que era ella quien despertaba al gallo.

Y no sabía Fermín que, como él, una mañana de agosto no tuvo más remedio que desposarse, reintegrarse en la nueva sociedad, en otro lugar seguramente más sombrío que la ribera del río de su pueblo; construirse otra vida de la nada, aprovechar el ‘perdón’ que algún jefecillo local le había concedido. Y que enviudó pasados los años y con tres hijos a la espalda, pero que lo que realmente le seguía cortando la respiración eran las caricias nerviosas de él mientras observaban el curso del río, los mensajes de ella en las rugosas rocas; esa tarde en la que su amor la despidió con un “pronto nos veremos” mientras preparaba su hatillo.

Era septiembre de 1978 cuando Fermín se bajó en la estación de tren de Medina del Campo para hacer transbordo hacia Salamanca. No había podido votar en las primeras elecciones democráticas, pero sí quería formar parte de esa España que construía pasito a pasito el camino de la libertad. Como siempre quiso quien se marchó a Colliure 42 años atrás y nunca volvió. Pero él sí. Y, sin embargo…

Sin embargo estaba haciéndole trampas a su conciencia. Era en realidad esa nostalgia de lo que nunca jamás sucedió lo que le había impulsado, casi 40 años después, a volver a su casa. Era exhalar el mismo aire, andar los mismos senderos, acariciar las mismas rocas encriptadas que en otro tiempo, antes de que la aviación nacional y los panzer alemanes le obligaran a ser engullido por un agujero negro, le hacían feliz. Junto a Remedios.

Su sombrero cubría su cabello plateado, mientras el bastón le ayudaba a adelantar algún que otro paso. Lo fue a buscar su sobrino, que le ayudó a despejar el cauce de sus mejillas para cuando el caudal de lágrimas alcanzara el salado mar, que levantó el oleaje cuando se fundió en un eterno abrazo con su hermana.

-Al menos, habrás tenido una buena vida.

-No sé qué decirte -respondió él mirando el trigal.

-¿Te quedarás?

-Me quedaré.

Quiso ir él solo. Al pueblo de al lado. El de Remedios. Había quien se acordaba de ella.

-Murió de pena.

-No es ningún consuelo.

Y se fue a la ribera del río, donde saltaban los peces de un lado a otro cuando había agua. Y se sentó en la orilla. Y suspiró. Y acarició una roca con su agrietada mano. Y palpó unas irregulares rayas que se abrían paso torpemente entre la dureza. Y se quitó el sombrero. Y lo leyó.

“Remedios y Fermín. Juntos hasta el fin”.


*Texto ficticio inspirado por una historia real que sucedió en otro lugar y en otra guerra. Sirva como recuerdo también de la denominada ‘Brigada de los toreros’.

«Tristes guerras, si no es amor la empresa», que diría Miguel Hernández.

AL DOBLAR LA ESQUINA

Pongamos que se llamaba Montse.

Me crucé con Montse a eso de las 21.15. Era lunes. Miraba distraída al cielo, con las manos escondidas del fresco anochecer en los profundos bolsillos de su abrigo gris de loneta. Parecía esperar a alguien. Las canas ya habían completado su programada invasión; ahora su cabellera, al igual que los dientes que me mostró al sonreír en el momento en el que casi tropiezo con su bolsa de tela postrada en la acera, brillaba en la oscuridad.

Cuando el martes, alrededor de las 21.20, me ajustaba los auriculares con la mano que llevaba libre, me pareció divisar -y, ciertamente, la divisé- a la misma estatua de mármol, ataviada con el mismo atuendo, escoltando la misma bolsa, en el mismo lugar, allá donde se cruzan los caminos de un barrio cualquiera de Valladolid. Montse sujetaba su mano derecha con la izquierda; soportaba estoicamente la escasa temperatura que, en aquella esquina, anulada por el acceso a un banco, parecía hundirse aún más.

Aquel miércoles pasé por allí de día; el jueves, tuve que hacer el trayecto en coche, y ya eran más de las 23.

Pero el viernes, cuando mis oídos masticaban versos aliñados con acordes de quinta y mis pies avanzaban hacia esa sucursal bancaria, vi a Montse de espaldas, agachada, con una rodilla apoyada en el suelo. Parecía estar recogiendo pedacitos de alma, pequeñas estrellas que se habían despegado del firmamento, los caramelos de una cabalgata de reyes. Y, sin embargo, llenaba su bolsa con verduras y conservas que hacía dos minutos habían tirado en el contenedor los trabajadores del supermercado de enfrente. 

Frené en seco, saqué mi teléfono móvil del bolso y empecé a escarbar en el vacío digital. Sólo quería ganar tiempo, ver la cara de Montse otra vez, enmarcar un instante, robarle un momento a su rostro. 

Sin embargo, se levantó y se perdió entre aquella pequeña multitud que todavía trataba de hallar su tesoro. Un sobre de jamón york caducado, una latilla mal cerrada, pimientos arrugados o plátanos negros, que oro parecen. 

Quería intuir lo que Montse estaba pensando. Deseaba conocer qué información transmitían sus neuronas, qué circulaba por aquella cabeza de quien rebuscaba horas de vida por el suelo.

Cuando se pone el sol, el termómetro entristece y la piel se contrae. Me asomo al balcón, miro hacia el suelo y me acuerdo de Montse. La imagino camino a casa, especulando sobre la cazuela que va a utilizar para aderezar despojos. La intuyo risueña, positiva, dando gracias por un día más. No puedo plantearme otras circunstancias desde que se me grabó a fuego su sonrisa en el núcleo duro de mis retinas.

Lo que seguramente Montse no sepa es que, durante todos esos días que sujeta su mano derecha con la izquierda, está custodiando el salón-dormitorio de -pongamos que se llama- Julián, que respira tranquilo mientras le acuna la fría luz del cajero automático que anula aquella esquina en la que se amontona el viento. Tampoco que, ese mismo viernes, -pongamos que se llaman- Luis y Josefa habían llegado tarde a aquellos contenedores y no tuvieron más remedio que bajar los brazos y probablemente la cabeza. Que Artemio había recorrido ya varias veces con su bicicleta las basuras de aquellas sombrías calles.

Es mejor que Montse no sepa que una noche, cuando me ajustaba los auriculares con la mano que llevaba libre, la volví a ver sonreír cuando, al doblar aquella esquina, una joven sí tropezó con su bolsa. Cuando pidió disculpas y levantó sin trabajo aquel continente para devolverlo a su posición inicial, comprobó dos veces su peso; no había imaginado que pudiera estar vacía. Montse se encogió de hombros. Montse volvió a mirar al cielo. Montse siguió esperando.

Días después, mientras tomaba café en un bar ubicado allá donde se cruzan los caminos de un barrio cualquiera de Valladolid, un señor cuyo nombre no quiero suponer abrió el periódico por la sección de Economía.

-La que ha liado ese Putin, ¿eh?

LA VISITA

Una vez más, el maldito Google Maps me la había jugado. Me había metido erróneamente por el centro de la ciudad cuando estaban cortando todas las calles (¿No se actualizaba esto en tiempo real?). Me llevé la bronca de tres policías locales –“¿Pero es que no ve usted las noticias?”-, un repartidor de alimentación y una señora a la que casi atropello cuando empecé a dar marcha atrás. Ya me había puesto nervioso.

Estaba en el pueblo de vacaciones y confieso que hacía prácticamente un año que no conducía. En Pyongyang,  donde trabajo desde hace cuatro años, siempre me muevo en bicicleta. Y pasar de la imitación coreana de la BH Windsor a un todoterreno Nissan Navara, que es el que usa mi padre para ir a la huerta, tiene su miga.

Logré salir de ese laberinto a trompicones para dirigirme a mi destino. El caso es que este mendrugo, mi amigo el Manzano -sus padres tienen la frutería del pueblo-, me había dicho que su piso estaba en un bloque blanquivioleta que había en la calle de la Estación, que llamaba mucho la atención y que no tenía pérdida. -“Ahí cerca de esa plaza redonda grande que hay, coño, ¿no te acuerdas?”-. Pues no, no me acuerdo, porque la primera y última vez que pasé por ahí lo hice a las cuatro de la mañana en los asientos traseros de un coche de la Nacional. Pero ésa es otra historia que no viene al caso.

Recorrí la calle más allá de la altura que Joaquín Manza me había indicado, porque no había visto ningún ‘bloque blanquivioleta’. Me había dejado el móvil coreano en casa porque era completamente inútil en Occidente. Pregunté a una señora que paseaba un yorkshire terrier con pajarita y camisa de lentejuelas -sí, el perro- y me dijo no tener constancia de tal edificio. Estaba desesperado. Barajaba dos opciones: o llamar puerta por puerta y piso por piso desde el número 1 hasta el 95 –lo que me podría llevar más tiempo de lo que me restaba de vacaciones- o, directamente, coger el Navara y volver al pueblo. Y, sin embargo…

-¡Vamos, hijo de punta! -Escuché de repente una voz a lo lejos. Hijo de punta. Tenía que ser él.

No era posible. Había pasado por ese tramo unas diez veces. ¿Cómo no había podido ver ese gigantesco escudo del Valladolid pegado a su fachada? ¿Cómo no había sido capaz de fijarme en aquel destartalado jardín de la entrada, en ese blanco casi mugriento que amagaba con robarle el protagonismo a las franjas violetas? ¡Si era lo que llevaba buscando una hora! Un escalofrío me recorrió desde el dedo gordo del pie hasta la nuca. Algo no iba bien en mi sistema cognitivo. O había sido un simple despiste. Las prisas, las ganas de tomarme unas cervezas con mi amigo en su nuevo piso. Y ahí estaba él.

-¡No me jodas! ¿A esto lo llamas tú piso nuevo, cabrón? -Le voceé casi resentido a unos 50 metros de distancia. -¡Si es una casa!

Mi amigo se echó a reír.

-¡Sorpresa!

Manzano era cualquier cosa menos dejado. Era un tipo que cumplía escrupulosamente con las tareas del hogar y con su mantenimiento. Por eso, no daba crédito a lo que estaba viendo, y eso que aún no había atravesado la puerta de entrada. La fachada parecía parte de un decorado de una vieja feria abandonada, con una cutre y decadente ornamentación futbolística a la que se anticipaba el descuidado jardín plagado de cardos, ceñiglos y más malas hierbas que rodeaban un viejo columpio oxidado y chirriante.

-Pero, ¿cuánto tiempo llevas aquí, entonces? -Le pregunté.

-Mes y medio, ¿por?

-Por nada, por nada. -Me encogí de hombros.

-Estoy de puta madre, la verdad. Dos plantas, 200 metros, jardincito –“¿En serio, tronco? ¿Jardincito? Si parece el porche de Freddy Krueger”-.  La tengo que arreglar un poquillo, pero casi nada -menos mal-.

Cuando entramos en la casa yo ya no sabía qué decirle. Desde el mismo pasillo de acceso estaba todo azulejado con una decoración tan estrambótica que haría estallar la cabeza a cualquier hípster de Malasaña: cenefas que se interrumpían y se unían con otras de una forma y color radicalmente distintos; cuadros y líneas frente a círculos, verde al que seguía un rosa palo, azulejos azules con amarillos. Parecía la casa del Joker.

-¿Qué te parece? -Me preguntó entusiasmado.

-No… no esta mal, ¿no? -En fin.

Me resultó extraño el hecho de que, nada más entrar a la derecha, hubiera una despensa aislada con arcón y estanterías hasta arriba de latillas y litronas de cerveza. -Siempre preparado para el Apocalipsis-. Pero cuando el torrente sanguíneo tomó definitivamente mi sien fue cuando vi cómo una habitación de dos camas con baño incluido conectaba con la cocina a través de un marco sin puerta.

-La casa tiene un cierre hermético y desde aquí hasta la entrada se convierte en un búnker, por si nos ataca Putin- Ah.

-Pero, ¿tú duermes abajo?

-No no, mi habitación está arriba, porque allí está la sala de curar jamones y la tengo que vigilar. -Manza, amigo, ¿eres tú?

Juro que no podía creerme lo que veía. Prometo que no sabía cómo reaccionar. Esperaba con todas mis fuerzas que mi colega comenzara literalmente a descojonarse y me dijera que había comprado eso para construir una casa del terror. Pero definitivamente a punto estuve de salir corriendo cuando continuamos avanzando por un pasillo que llegaba a una galería acristalada que daba a un gran patio interior. Mi amigo se puso el dedo en la boca en señal de silencio.

-Ahí está el bebé durmiendo, así que no hagas mucho ruido. -¡Boooom!

Se me puso el corazón del revés.

-Pe… pe… pero ¿cómo que bebé?

El Manza estaba soltero. Hablaba con él asiduamente por internet -ventajas de ser extranjero en Pyongyang-. El trabajo, el pueblo, la política, el fútbol, las mujeres. Pero nunca, nunca jamás me había mencionado no que fuera a ser padre, sino que tan siquiera tuviera pareja. Había pasado de vivir una situación carnavalesca a una auténtica película de Álex de la Iglesia. ¿Tanto podía haber cambiado mi amigo en un año? ¿Y tan ciego estoy que no había sido capaz de percibirlo en nuestras conversaciones?

-Es una larga historia -me respondió con media sonrisa.

-Pero… ¿quién es la madre? -Le pregunté en medio de una tiniebla mental.

-Nada, una de por ahí, ya te contaré.

Y el muy cabrón me dejó con toda la intriga. Tampoco me dijo el nombre del vástago, ni el sexo, ni el tiempo que llevaba en esta vida. Y todo tan normal.

-Y ¿cómo te apañas con el trabajo?

-Me cogí 10 días por maternidad -¿Maternidad?- y, ahora, desde que la Junta aprobó el nuevo decreto de teletrabajo, tengo aquí mi despacho -dijo señalándome una pequeña caseta de madera que tenía en el corral.

Nos sentamos en el salón, que tenía 6 sofás pero ninguna mesa. La tele era de tubo, sin mando a distancia, pero la había adaptado de tal forma que veía todos los canales a través de una parabólica gigantesca que había colocado en el tejado.

-Echan ahora un Gabón-Sri Lanka cojonudo, ¿lo vemos? -Definitivamente, más raro y más friki.

Abrió una botella de vino verdejo de Rueda. Sacó dos copas impolutas y comenzamos a hablar sobre la vida. Pero me estaba quedando helado de frío. Era obvio.

-Tío, tienes la puerta de la calle abierta, ¿por qué no la cierras?

-Deja la puerta, que está bien así. Toma, una manta.

No habíamos terminado la primera copa cuando, de repente, escuchamos unos pasos en el piso de arriba. Por un momento llegué a pensar, visto lo visto, que era la madre de su hijo, pero que, por alguna razón, no había bajado a saludar. Ya me aclaró que no, que allí no había más gente que él y el retoño.

Nos levantamos del sofá y nos dirigimos hacia las escaleras para ver qué estaba sucediendo. En ese momento, una sombra saltó desde el piso de arriba como si de una pantera se tratase, salió corriendo hacia la puerta -abierta- pero yo me abalancé sobre ella. En un violento forcejeo, sacó una navaja multiusos de un bolsito que llevaba colgado y me pinchó en el muslo, que empezó a sangrar cual gorrino de matanza. El pantalón se me había teñido de un rojo más intenso que la bandera de China. Aun así, entre los dos logramos reducir al sujeto y atarlo a una de las camas del ‘búnker’.

Lo que, de entrada, parecía una esbelta mujer, resultó ser un tal Manolo con peluca, falda y pintalabios que por la noche se hacía llamar Milagros. Había visto la puerta abierta y había decidido entrar a ver qué se encontraba. Yo llegué a pensar: lógico, tal y como está la entrada, cualquiera creería que es una casa abandonada.

Cojeando pero sin dolor, me asomé a la puerta y me sorprendió una masa de gente manifestándose por la calle. Portaban banderas arcoíris, iban en carrozas, sonaba una batukada mientras un grupo de hombres zancudos hacía un espectáculo de equilibrismo. Era casi octubre, pero en una pancarta podía leerse: “Orgullo gay pucelano”.

Escoltando la manifestación iba uno de los policías que me había reñido por colarme por el centro con las calles cortadas.

-Y quería usted pasearse con su coche por ahí, con la que tenemos aquí montada. No es día, hombre, no es día.

Cerré la puerta y me metí en la casa, con las amenazas de Manolo o Milagros de fondo. “Cuando me libere, os voy a denunciar por acoso”. Encima que entras en hogar ajeno y casi me dejas sin pierna, no te jode.

Me senté de nuevo en el sofá con todo el pantalón ensangrentado y una raja que parecía haber crecido hasta los 10 centímetros. No podía quitarme el ojo de la pierna porque, además, comenzaba a notar cierta impresión, prolegómeno del desmayo.

-Bebe un poco de vino, anda, que eso no es nada, y verás cómo se te va rápido -me dijo el Manza mientras yo llegaba a la conclusión de que, definitivamente, se había quedado gilipollas.

Pero es que me tomé la copa de vino y, cuando volví a bajar la cabeza para mirar el estado de la herida, allí no había nada: ni raja, ni sangre, ni pantalón roto. Me debí de quedar más blanco que la leche.

-No es posible.

-Te lo he dicho.

-Pe… pe… -otra vez el tartamudeo- pe…ro ¿cómo?

-Joder macho, le das muchas vueltas a las cosas. De toda la puta vida las heridas se cierran con vino. -Se acicaló el pelo y prosiguió engullendo el zumo de uva.

-¿Y la mancha de sangre?

-Pues también, ¿es que no lo ves? -Tan pancho.

Llegó un momento en el que empecé a relativizarlo todo. Quizás era yo el que vivía fuera de una realidad que había cambiado en los últimos meses. ¿Cambio climático? ¿Contaminación? Vaya usted a saber. Lo que estaba claro es que la extravagancia de lo que había estado presenciando desde que había puesto un pie en esa ciudad me tenía absolutamente desconcertado. Y mi amigo, mi cabal amigo, parecía vivir completamente integrado en esa locura.

-No me ha dado tiempo a preparar nada de cenar, pero podemos cocinar algo si quieres -me dijo. Todo esto con Milagros haciendo los coros.

-Voy a ver lo que tienes, por si te puedo hacer algún plato típico de Corea.

Cuando terminé de cocinar el Kimchi, persistía un fuerte olor a gas. Los mandos estaban cerrados, pero su imagen deformada dieron la voz de alarma. Avisé a gritos al Manza para que viniera rápido. Llegó con toda la parsimonia del mundo.

-Buah, la bombona de nuevo -se quejó mi amigo pero con un tono que denotaba plena normalidad. Otra vez.

-Coño, mira a ver si la puedes cerrar -le dije con vivos gestos, intentando acelerar sus movimientos extremadamente tranquilos.

-¿Cerrarla? ¿Para qué? La dejo abierta hasta que se vaya todo el gas y ya está, no pasa nada.

Ése era su plan maestro y éste fue mi límite. Cuando lo vi coger el mechero para encenderse un cigarrillo -pero tío, no te preocupes, que están las ventanas abiertas-, decidí que no podía seguir ni un minuto más en esa casa que, de manera involuntaria, sí se había convertido en la del terror. Me estaba viendo volar por los aires y aparecer ensartado en la estatua de la torre de la Catedral.

-Tío, me tengo que pirar.

-¿Ya? Si no te has acabado la cena, cabrón.

-Es que… -ya metidos en materia-… tengo examen ahora.

-¿A las 10 de la noche?

-Sí tío. Es que aún tengo pendientes… las… matemáticas de Bachillerato. Eso, sí, sí, las mates. ¿No te acuerdas? Que suspendía siempre, por eso me metí en una carrera de letras. Pero es que… me han llamado del instituto y me han dicho que si no voy a hacer el examen me van a quitar el título.

-Ah, joder. Ya, suele pasar. Mucha suerte, tío, no te pongas nervioso, que lo tienes chupado.

La respuesta más lógica que podría esperar en ese momento, claro está.

-Oye, ¿qué vas a hacer con el ladrón? -Le pregunté.

-Nada, ahí queda.

-Pero, ¿no vas a llamar a la policía? -Insistí.

-Déjalo un rato ahí, que tiene que aprender a comportarse. Si eso, luego les llamo.

Hice un gesto con la cabeza en modo “tú sabrás”. Ya nada me sorprendía.

Salí de la casa y empecé a andar hacia el coche. Caminé unos minutos, pero la calle comenzó a descender en altura. No había reparado en ello, puesto que iba pensando en comer algo nada más llegara a casa, aunque no hubiera digerido aún todo lo que había acontecido hasta el momento.

Cuando alcé la cabeza, mi coche no estaba. Porque, súbitamente, me encontraba en el solar de los holandeses, justo en frente… de mi casa del pueblo. Fue ese momento en el que el mastín de un pastor me mostró sus fauces y comenzó a perseguirme calle arriba. Cuando casi me había alcanzado, me vi en el suelo, al lado de la cama, sudando, asustado y moviéndome espasmódicamente.

-Tranquilo, cariño. Sólo ha sido una pesadilla -me dijo mi novia acariciándome el pelo.

De un brinco, abrí la cortina. Allí estaba, imponente, la estatua de Kim Il-Sung. Respiré tan hondo que dejé sin aire la habitación. Giré la cabeza y vi a mi chica con el portátil abierto en la cama.

-Por cierto, ¿has visto la foto que te ha enviado Joaquín Manza al correo? ¡Ha sido padre!


*Relato basado en un sueño de mi amigo David, un fresnero en tierras mexicanas, que cometió la temeridad de compartirlo con el coprotagonista. Va por ti, hijo de punta. Un abrazo está cruzando el charco.

Y DEJA A LA LUNA ENTRAR

Por más que el cielo se vista de otoño y los cirros y estratos presenten batalla por todo el campo celestial, y aunque los brazos del sol no sean capaces de acariciar su granulada piel… ella siempre está ahí. A veces escondida, otras tímida, en ocasiones vanidosa.

Me gusta pensar que la Luna es una señora de mediana edad enganchada a la telebasura. Que observa curiosa el programa de la tarde que dan en la Tierra mientras merienda uvas con pan. Que no se le conoce la espalda porque así se pasa las horas: divirtiéndose con la jaula de grillos que deambulan por el planeta azul complicándose la vida.

Miren, si yo necesitara un testigo en un juicio, sin duda llamaría a la Luna. Es la única que conoce todas las nocturnidades y alevosías. Barre con su monóculo cada callejón oscuro, cada baldosa, cada recodo olvidado por el calor de las farolas. “La acusación solicita declaración de su primer testigo: la Luna”. “Puede llamarme Lúa, pues vengo desde Finisterre”.

Cuando aquel sujeto prepotente y jactancioso que abrasa los campos de Castilla en los sufridos mediodías de agosto se pone muy chulo, es capaz de despertar de la siesta y cubrirlo con su perfecta redondez. Los señores de la ciencia lo denominaron eclipse, porque no quieren reconocer que, en realidad, es una bofetada en la cara amarga del sol, que se retira momentáneamente a su rincón de pensar. Se habrá creído el macho alfa estelar que puede hacer lo que le dé la gana.

La Luna ríe, la Luna suspira, la Luna se asusta progresivamente a medida que la película de la humanidad continúa proyectando su esperpento valleinclanesco. Y nos vuelve a dar otra oportunidad, y otra, y otra más. Se viste de gala para el reestreno, pero regresa a casa cabizbaja, decepcionada. “A ver qué tal el mes que viene”. Y va tejiéndose lentamente un traje de penumbra para fingir su propia muerte.

Durante esos días, los poetas transitan desorientados por las grandes avenidas y los perros se acurrucan a los pies de su amo. A los amaneceres de los enamorados les cuesta el doble levantar el vuelo y el Caballero Oscuro patrulla Gotham City inmerso en una desesperada soledad. El mar embravece y hace llorar a los más feroces tiburones. Entonces, la pena lastimera que se cuela por los cráteres de la Luna le obliga a regresar. Y mira que una noche de whiskey sin hielo le insistió el maestro que al lugar donde había sido feliz no debiera tratar de volver. ¿Pero es que fue feliz alguna vez ejerciendo el eterno papel de hacer de tripas-corazón con la Tierra?

Pero es que la Luna es la reina de todas las musas, seguramente una de las mayores para aquéllos que la imaginan con alma. Los versos relataron sus encuentros furtivos con el sol, mientras viejas leyendas narraban cómo Selene la arrastraba con sus caballos cada anochecer. Pero desde que Apolo rasgueó su lira y comenzó a conjugarse la música con la voz, el misterioso redondel que baila al compás de nuestro suelo ha sido la fuente de inspiración para escribir afamadas canciones.

No descubrimos nada nuevo en el magma del mainstream si se apela a ‘Hijo de la Luna’, cuando José María Cano se propuso transformar en poesía melódica la vieja leyenda de la gitana que imploró a la Luna concebir un hijo de su amor calé. Un hijo de la luna blanco como la nieve virgen. El gitano se sintió engañado y, de una cuchillada, acortó la vida de su esposa y abandonó a quien, en realidad, era su propio retoño, que quedó al cuidado de la gris vigía.

Sinatra pidió que lo llevaran a los cielos con su ‘Fly me to the Moon’, David Bowie llegó a la cima con su fantasía lunar ‘Moonage Daydream’,  Janis Joplin realizó un viaje espiritual cargado de emociones en ‘Half Moon’ y hasta un toro acabó enamorándose perdidamente de la Luna, embistiendo con bravura al río cuando ésta dejaba de reflejarse en él. Incluso Iron Maiden nos hizo dislocarnos los cuellos con su ‘Moonchild’. “Moonchild don’t cry, when Moon rise, it’s your time”.

Y, sin embargo, cuando uno le pregunta a Google qué dicen las listas musicales sobre la Luna, pocas veces te responde con alguna referencia al rock español de las últimas dos o tres décadas. Porque, para los ‘expertos’, el rock español o no existe o nace cuando una banda se separa -véase el caso de Extremoduro: décadas llenando pabellones y grandes recintos en el más absoluto silencio mediático hasta que dijeron ‘adiós’-.

Pero como el rock español es musicalmente rico y líricamente una auténtica delicia, y como el rock español es abonado del tendido 7 de la Luna,  al que también acudo desde mi balcón cada noche, aquí mi pequeña doble reivindicación: miren más al cielo y escuchen más rock patrio.

En un ejercicio de libertad aliñado con grandes dosis de osadía, me he traído conmigo las que, siento, son las mejores referencias a la Luna, que suelen coincidir con las que peor hablan de su alter ego: el maldito Sol, que destroza noches mágicas. Seguramente no estén todas las que son, pero sí lo son todas las que están. Por cierto que su orden no significa nada: las quiero a todas por igual.

1. Baja por diversión – La Fuga

“¿De dónde sacará las pelas la Luna para salir todas las noches?”

BAJA POR DIVERSIÓN – LA FUGA 

El grupo cántabro popularizó esta gran pregunta hace casi un par de décadas, que integró en una reivindicación de la libertad nocturna durante un pequeño ‘affaire’ con El Drogas. Como referencia a la Luna, es la canción reina: por la ingenuidad, por la fuerza de la pregunta, por la pasión desmedida por el cuerpo celeste: “He quemado la salud y la fortuna. Siguiéndola he perdido el norte”. Aunque el resultado fue más un sombrío ‘hola’ al amanecer que un relato de una inolvidable juerga.

Eso se lo dejan para ‘Las Olas’, donde la voz le echa la culpa de su resaca a “la Luna llena”. Ya saben: “Dejarse perder, dejarse llevar…”

LAS OLAS – LA FUGA

La admiración que siente La Fuga por la Luna es inversamente proporcional a la que siente tanto por el sol como por el reloj. En ‘La balada del despertador’, un precioso tema que cantan al alimón con Aurora Beltrán, de Tahúres Zurdos, cuentan un intenso romance cuyo enemigo es el tiempo y la luz del día siguiente. “Y yo dando patadas al sol, tú enfadada con el despertador…”. Vaya. Creo que se me ha metido algo en el ojo. ¿Será porque “la Luna nos pilló bailando…?”

LA BALADA DEL DESPERTADOR – LA FUGA Y AURORA BELTRÁN

‘Majareta’ tiene el completo: esa noche solitaria que, progresivamente, se convierte en un apasionado encuentro cuyos principales enemigos son, una vez más, el maldito Sol y el impertinente reloj. Pero yo “te invito a pasear con la luna de farol”.

MAJARETA – LA FUGA

De una noche de las que molan, de las que uno no da un duro pero recibe a cambio un torbellino de emociones, los de Reinosa pasan al más completo desastre. Si uno quiere regodearse en su propia miseria, que busque en la basura mientras vaga más solo que la Luna.

BUSCANDO EN LA BASURA – LA FUGA

2. La persiana – Albertucho

El sevillano no quiere “lunas de canciones tristes”, porque le canta a aquélla que brilla en el cielo de su Bellavista, su barrio. El que le impregna de tristeza es el sol. Por eso se sienta en su “oscura cueva y a respirar, y a esperar”.

Porque su único deseo es dejar entrar a esa luna de mala lengua, que hostiga insultos a su persiana porque no pasa su claridad. “¡Y deja a la Luna entrar!”.

‘Lunas de mala lengua’ es uno de sus discos más escuchados y, ‘La persiana’, esa arisca barrera que frena la tenue luz de la Luna, su principal single.

LA PERSIANA – ALBERTUCHO

Pues eso, que dejéis a la Luna entrar. Sobre todo a aquella que brilla en el cielo de mi Fresno.

3. Romance de la luna gitana y el sol poeta – Sínkope.

Es un auténtico temazo para nosotros, pero una grandísima putada para ellos, porque cuando la Luna sale “el Sol se entra, y viceversa”.

Es la eterna historia de amor entre la perla celestial y el fuego incandescente. Para mí, una de las canciones definitivas que relatan esta historia imposible. Porque el armazón está muy visto, sí; pero la banda extremeña lo describe con una gracia y un mimo difíciles de superar.

Y sale la Luna bailando

alegre entre los almendros.

Con arte taconeando,

a las palmas lleva luceros;

y muy gitana mueve las manos,

y muy gitana se suelta el pelo,

tira de falda con desparpajo

Y toda su cara es sentimiento.

ROMANCE DE LA LUNA GITANA Y EL SOL POETA – SÍNKOPE

4. La Luna me sabe a poco – Marea

Esta canción es muy loca. No sólo por lo que transmite el conjunto de la obra de Kutxi Romero, sino porque es capaz de lanzarse el órdago mezclando su vieja profesión -la albañilería-, con un amor intenso y, a la vez, endeble que intenta amarrar con excelsa pasión.

Tanto es así que, en esa ocasión, la Luna, que es la manager de la noche, le sabe a poco; se le queda corta, y es capaz de alargarla hasta que llegue -una vez más- el “maldito Sol”. Kutxi va de duro llamándole al disco ‘Besos de perro’, pero en éste, como en todos los temas, es un auténtico cervatillo con barba y pendientes.

Seguramente sea uno de los temas más escuchados de los de Berriozar. Y es que pocos en el Rock and Roll pegan con tanta garra.

LA LUNA ME SABE A POCO – MAREA

Obviamente, Marea tiene más referencias a la Luna. Pero me quedo con una breve que hace en ‘Amor temporero’, de su disco ‘Revolcón’.

Es una canción de las que yo llamo ‘de septiembre’. Es una hostia en toda la cara. Es vivir en el cielo cuando la otra persona permanece en el suelo. Es la persistencia inútil de tirar un muro a soplidos. Una declaración de intenciones tras otra a la indiferencia. “Pesao, que eres un pesao, otra vez te lo digo. Me voy cuando quiera y cuando quiera te olvido”.

Kutxi concluye que no quiere algo temporal; pero, en realidad, está implorando que se pare el tiempo para que ese ‘amor temporero’ nunca termine.

De ahí que en el último grito, desgarrador, se aferre a la Luna desde una perspectiva casi escatológica. Al final de todo, cuando el fin se aproxima, cuando llega lo inevitable de esa temporal existencia, lo único que le queda es ordeñar las ubres de la Luna para que se alargue la noche. Trabajar a pico y pala para que el sol tarde en salir.

AMOR TEMPORERO – MAREA

En fin, que “a cualquier cosa le llaman poeta”.

5. Buscando una luna – Extremoduro.

Baste decir que parte de la letra de esta canción que adapta la extinta (snif, snif) banda de Plasencia es de ‘Por tierras de España’, de Antonio Machado. (Aun así, nadie vomita el alma en cada verso como Robe). Era 1912, pero parecía anticipar 1936.

No obstante, aunque quede parte de esa alma cainita en el tema de Extremo, lo que hace aquí Iniesta -el bueno- es una dura introspección en el pasado a la vez que -por puro hastío, quizás soledad- realiza labores de ‘sustitución’ buscando a alguna luna que ande sola. Aunque no sea lo mismo, claro. “Ha sido un momentito sólo de bajada”.

Robe no encuentra las llanuras bélicas y los páramos de asceta en aquella España de hace un siglo, sino en su cabeza: los versos de Machado parecen describir a la perfección su estado mental. 

A veces se pierde el norte y, lo único que nos queda, es hacer cola en la puerta de algún bar. Porque aquí, señores, aquí NO PASA NADA.

BUSCANDO UNA LUNA – EXTREMODURO

Y es que “a veces todo es tan normal”…

BONUS TRACK: Con la Luna llena – Melendi.

Hubo un músico-cantante en España llamado Melendi que sacó un disco impresionante. Era un tipo que hacía “rumbitas pa’ tus pies” y que llenaba sus conciertos con gente de todos los pelajes: no eran pocos los rockeros que se acercaban a escuchar a ese asturiano con rastas que hacía música bailonga con unas letras con bastante pegada. De hecho, el Dj que actuaba antes y después de sus conciertos era aficionado a pinchar música rock.

El caso es que a ése ‘Sin noticias de Holanda’ le tengo especial cariño, aunque su autor reniegue de él. Y, dentro de ese disco, la pista 6 se llevaba la palma. No sólo porque fuera la canción de la Vuelta a España 2004, qué va.

Sino porque cuando una canción se escribe con 18 años, la inocencia, la sinceridad y la emoción son auténticas. No están viciadas por el paso del tiempo, por la mochila que nos echamos a cuestas a medida que los años nos pisotean.

Melendi quería hacer de psicólogo de la Luna, que estaba muy deprimida; pero, en realidad, el que estaba jodido era él. Cosas que pasan, Ramón.

CON LA LUNA LLENA – MELENDI

Fin del viaje espacial. Próxima parada: la Tierra.

PD: Hagan más caso a la Luna, que nos alumbra gratis cada noche.

El regreso

Este blog se llama ‘La tumba del tiempo’, pero bien podríamos haberlo denominado ‘Guadiana’. Quizás hubiera parecido que tirábamos a confundir, puesto que no es éste un lugar para tratar la rica biodiversidad de ese curso fluvial que desaparece y aparece cuando lo considera oportuno.

Sin embargo, ese ejercicio fantasmal sí se ha ido practicando en este espacio. Se inauguró en otra plataforma hará unos 14 años. La policía del pensamiento lo clausuró sin orden judicial ni proceso moral. En WordPress se transformó, años después, en ‘Spain in English: a tomb’s time project’, donde tratamos de desmontar mitos de la Historia de España en inglés, mal que le pesara a la Pérfida Albión -es bromita, no se asuste-. Pero, al igual que la Armada Invencible, no pudimos luchar contra los elementos.

Ahora que el tiempo pasa más rápido, ahora que los parpadeos engullen meses completos y que la infancia se aleja como una patera a la deriva, este equipo de redacción se ha visto en la obligación de desempolvar la pluma y rescatar la tumba del tiempo para atornillar los minutos a su silla, para encajar los segundos a su compás. Hemos alisado paredes, acuchillado el parqué, cambiado los rodapiés. Pero seguimos siendo los mismos de (casi) siempre.

Tenemos nevera, congelador, máquina de hielo. Pero también un antiguo horno del que pueden salir nuevas recetas. Esperemos no quemar ninguna.

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas; como ésta es la tercera, puede ser aún peor. Acuérdense de Jurassic Park III o de Terminator III. Trataremos de estar a la altura.

Bienvenidos, una vez más, a La tumba del tiempo.